Universidad de Antioquia

U.de.A



Por qué los valores son una ventaja competitiva

Palabras del autor, en el lanzamiento del libro "Los valores son una ventaja competitiva", en el Instituto Latinoamericano de Liderazgo-ILL, Sede de Medellín, los días 1 y 2 de marzo de 2001

Por Jorge Yarce

 

Permítanme hablarles un poco de por qué los valores son una clara ventaja competitiva en nuestra Colombia más que en ninguna parte. Expresando, tal vez, lo que muchos de ustedes sienten y viven. Creo que es la hora de los valores, no sólo para proclamar su vigencia, sino para vivirlos, practicarlos, comunicarlos, y defenderlos, es decir, es la hora -no importa la redundancia- de hacer valer lo más valioso de nosotros mismos.


Nuestra nación necesita más que nunca valores que renueven la entera vida social. Hablando en términos metafóricos, el problema no es de hallar un maquinista para conducir el tren, sino de cambiar las vías, en este caso los rieles para que realmente el tren llegue donde tiene que llegar. Sin las vías -los valores esenciales que marcan la dirección precisa que define el rumbo del tren- y sin unas buenas agujas que operan los cambios en la dirección -los líderes- no es posible lograr el objetivo.


El diálogo esencial en la democracia versa más que sobre el derecho de un pueblo a elegir quién lo gobierne, sobre el derecho a ser bien gobernado. Lo cual es posible en la medida en que los valores sean lo primero en la vida real. Nuestra democracia, nuestra sociedad, nuestras empresas, nuestras universidades, nuestros gobernantes, nuestros magistrados, nuestros políticos, nuestras familias, nuestras asociaciones y grupos, cada uno de nosotros mismos, necesitamos una inyección intravenosa de valores que altere profundamente nuestro torrente circulatorio mental y emocional para que se produzca una transformación de actitudes y de hábitos de conducta que hagan posible la construcción de una Colombia diferente.


No se trata de proponer un cambio de lenguaje o de un discurso moral genérico sino de invertir los términos, de buscar una transformación que parta de las personas y que éstas sean de verdad el centro de las instituciones, de la empresa, de la educación, de la vida social. Para que la técnica se subordine a la ética y a los valores, y no al revés. Para que el sistema humano prime sobre el tecnológico y el tecnocrático. Para que el servicio y la proyección social sean primero que el beneficio económico. Para que los individuos y los grupos sirvan al bien común y no se sirvan del bien común en provecho propio.


Todo esto no es nada fácil, por supuesto, ni el libro que hoy presentamos propone fórmulas para lograrlo por la vía del facilismo. Sería someterse al engaño de la literatura de consumo diario y prolongar el discurso promesero, halagador y fatuo de una sociedad donde casi todo ha llegado a ser indispensable menos los valores esenciales: vida, dignidad, amor, fe, verdad, trabajo, libertad, paz, justicia. Fomentar la vivencia de los valores en la práctica personal y colectiva supone un liderazgo creativo, arriesgado, y optimista, que sueñe con los ojos despiertos en un nuevo país. Es decir, un liderazgo basado en valores accesibles a todos, porque hablamos del liderazgo no como algo reservado a los escogidos por la suerte o la sangre, sino como un espíritu presente potencialmente en todas las personas, que sólo necesitan una oportunidad y un impulso para desarrollarlo.


Después del fracaso de la revolución marxista, anclada en la lucha de clases, en la mentira, en el odio y la violencia como base de la dialéctica revolucionaria -de la cual nuestro país es todavía extraño laboratorio- hay que plantearse una revolución sobre bases muy diferentes: las de la dignidad trascendente del ser humano, las de la verdad y la justicia social, las del amor y la paz, las de la participación, la solidaridad y los valores que están de moda en el mundo, pero que no son un hallazgo de nuestra época sino una exigencia profunda de la naturaleza del hombre. Ya Aristóteles los proponía en su Ética como fundamento de la vida feliz, de la vida lograda y de la sociedad justa. Necesitamos colocarlos como núcleo de una nueva forma de convivencia, como motor de las empresas y como base fundamental de la educación para la vida en comunidad.


La prosperidad que ha alcanzado nuestra sociedad, tiene sus hondas raíces en la civilización cristiana, fuente de principios y valores inmutables y eternos. De hecho, "no es posible ningún progreso auténtico sin el respeto del derecho natural y originario de conocer la verdad y vivir según la misma. A este derecho va unido, para su ejercicio y profundización, el derecho a descubrir y acoger libremente a Jesucristo, que es el verdadero bien del hombre". (1).


El cambio y la transformación de la conducta, a nivel (sic) individual, organizacional o social se basa no en cambio de tecnologías o de procesos sino en la modificación de actitudes y hábitos personales. A veces nos extrañamos de que el clima social, las empresas o instituciones, o el mismo sistema social no mejoren. Es que la raíz del problema no está en ellos. No es un problema de cambio de estructuras. Es, ante todo, un cambio personal. Si se da el cambio en la persona -lo decimos en los Programas del Instituto Latinoamericano de Liderazgo con convencimiento profundo- lo habrá en la familia, en la empresa y en la sociedad. Lo contrario va para ninguna parte.


Una revolución de los valores ofrece una ventaja competitiva perdurable porque está enraizada en la persona misma, en dimensiones básicas de su ser, es decir, en principios fundamentales de orden natural, y por si fuera poco, también revelados por Dios. Con declarar en la Constitución que Colombia es un Estado Social de Derecho, pluralista y con democracia representativa, no se obtiene ya la nueva sociedad. Las leyes sin costumbres y prácticas sociales que respondan a ese objetivo, se quedan en palabra vacía, como se quedan los valores colgados de las paredes de las empresas, escritos en folletos, volantes o plegables, o en la cabeza de las personas como un ideal pero nada más.


Estamos invadidos por modelos económicos y administrativos que insisten en los procesos, en la sustitución de tecnologías, en una palabra, en la estructura formal de la organización, olvidando que la estructura informal o espontánea, basada en la libertad, la racionalidad, la emotividad, la libertad de la persona, es tanto o más decisiva que aquella. Esta es precisamente la que tiene que ver con los valores, con el sistema humano que se resiste a ser dominado por el sistema tecnológico. Por eso los valores no se imponen, se sugieren, se invita a vivirlos, se "contagian", y no dependen tanto de la imitación como de la convicción, el arraigo voluntario y la proyección interpersonal sinérgica.


Debemos tomarnos en serio -en las empresas e instituciones-, muy en serio el trabajo de construir los valores: personal, consciente y libremente. Así se llega a interiorizarlos, volviéndolos hábitos, conductas estables. Dice Toynbee que los líderes "son personalidades creadoras que dan siempre respuestas exitosas a los retos del medio". Me parece que dar respuestas exitosas es una forma de definir la responsabilidad, es decir, ofrecer soluciones adecuadas a lo que se necesita y se espera que lleve a una auténtica transformación de las personas, para que se transformen las organizaciones, la sociedad, la política, el Estado.


Eso sólo es posible con una dosis importante de valor y de valores. Actuar y vivir por valores de convicciones y raíces profundas al obrar humano, pero tiene que llevar a la acción, a la búsqueda de lo mejor. Proponer los valores como palancas del obrar es ofrecer alternativas válidas y una salida inteligente a la dictadura de lo administrativo y financiero en las empresas. En los valores hay siempre un nivel de intangibilidad que es, a la vez, su entraña de ideal y su nervio de aspiración no satisfecha, de tarea siempre inconclusa, de anhelo permanente. Los valores son lo único con lo que se vence la mediocridad, el facilismo, el pesimismo y el negativismo llorón, y lo que permite mirar al futuro, soñar con él. No hay otro camino posible. Ellos definen el ser del hombre, y son la contrabalanza frente al tener o al hacer, que tratan de subordinarlos.


Pero los valores si no se convierten en virtudes se quedan al margen del obrar operativo del hombre que exige, como lo expresa acertadamente María Inés Restrepo, "la urgencia inmediata de contribuir a formar seres virtuosos, porque la virtud no sólo es la encarnación operativa del valor, sino que es la fuerza que actúa, o que puede actuar".


Nuestra sociedad se debate entre una cultura del tener -filosofía del éxito material- y una cultura del ser -de la plenitud personal, del dar y del servir-. La trilogía dominante de la plata, el poder y el placer hay que superarla con la trilogía del ser, del servir y de la solidaridad. Los líderes, las personalidades creadoras, añade Toynbee "en razón de su integridad y de sus compromisos con el grupo son libremente seguidos por la mayoría". La crisis moral por la que atraviesa nuestra sociedad no es, como ya lo insinuamos, una crisis de estructuras o de modernización del sistema productivo.


Las estructuras, los procesos y el desarrollo en general están afectados por esa crisis, que surge primero en las personas y es ante todo una crisis de conducta, una crisis de valores, una crisis del sentido de la vida, en definitiva del fracaso humano por el olvido y el rechazo de Dios. Lo nuevo no es decirlo, es proponer maneras de hacerlo viable y esa es la razón de ser de nuestro intento en esta obra y en el trabajo del Instituto Latinoamericano de Liderazgo. Equivale a proponer un camino para la vitalización del muy amplio espectro de los valores -económicos, cívicos, políticos, culturales, sociales, éticos- en busca del tejido conjunto, y de la urdimbre que sostiene su trama: una forma de conducta digna de la persona, acorde con sus derechos fundamentales.

Estamos frente a una amenaza del ambiente permisivo reinante en la sociedad actual, en la que a veces explícitamente se renuncia a fines éticos o éstos se reemplazan por estilos de vida, por opiniones cambiantes, por modas que dependen de lo que esté en boga o de lo que propongan la publicidad o los medios en general. Pero también sentimos la amenaza de un nuevo despotismo: el del poder legal que puede cometer acciones inmorales, porque se piensa que con la legalidad es suficiente. Recordemos con Solyenitsin que "una sociedad sin normas legales es algo terrible, pero una sociedad sin otro estándar que el legal, tampoco es digna del hombre".


Paradójicamente, estamos ante el riesgo de un "totalitarismo democrático", porque una democracia sin valores se constituye en un totalitarismo visible o encubierto, que impone a una sociedad a través de mayorías parlamentarias leyes injustas o sentencias contrarias, o a través de mayorías ficticias, armadas por los medios de comunicación, manipulando sondeos y encuestas, a entronizar prácticas contrarias a la dignidad de la persona o a principios éticos fundamentales. En cambio, una sociedad que da primacía a los valores, lleva a producir, en todos los campos de la actividad -económica, educativa, política, comunicativa, cultural- resultados de bien común, y, sobre todo, a cumplir con la responsabilidad que toda actividad organizada tiene con la comunidad.


Como afirma Drucker, la popularidad no es liderazgo, los resultados sí lo son. Seguidores, resultados, ejemplaridad y responsabilidad hacen al líder visible. Merece reconocimiento por lo que es y por lo que sirve, no por lo que tiene -dinero, votos, maquinaria-, ni por lo que habla o logra en las encuestas. Nos estamos acostumbrando a una ética a la carta, hecha de gustos, preferencias o conveniencias. Hay quienes confunden esto con tolerancia, igualdad, libertad de conciencia o pluralismo, que son realidades bien necesarias y bien distintas.


El permisivismo ético amenaza directamente al pluralismo, lo mismo que lo amenaza el relativismo, porque el pluralismo se apoya en convicciones básicas comunes para poder asegurar a todos los derechos fundamentales, por ejemplo, la dignidad esencial de la persona o la inviolabilidad de la vida, para poder entender desde ahí la libertad, la igualdad, la tolerancia. Y esto es partir ya de un principio claramente ético.


La ética es ciencia de la recta razón práctica del obrar humano, que tiene su raíz en unos primeros principios (luz fundamental que constituye la razón moral) cuyo hábito se denomina sindéresis ("chispa de la conciencia"), por la cual el hombre tiene una intuición primera de su vocación al bien y su rechazo al mal. Es como un descubrimiento intelectual básico, inducido de la experiencia y dotado de certeza. No se trata tanto de una demostración sino más bien de una intuición intelectual. Los principios a diferencia de los valores, son externos al sujeto, aunque sólo éste los puede descubrir y reconocer.Por eso, no está en mí modificarlos o quitarles su vigencia, porque son leyes naturales absolutas y estables, válidas para todos, no dependientes de los cambios culturales o históricos, los cuales sí afectan a los valores.


Pero existen unos valores éticos esenciales que derivan su fuerza de los principios éticos primeros o leyes naturales del obrar práctico humano. Si esto ocurre en la ciencia, donde hay leyes que yo no puede quebrantar, ni cambiar, porque se vuelven contra mí, ¿por qué extrañarse de que existan también en el orden de la conducta humana?


Esta es la revolución de los valores, que nos llevará a crear un clima de vida común justa y pacífica. Los invito a levantar nuestro voz para acabar con esta conspiración del "silencio sobre lo esencial" patente en nuestra sociedad, desguarnecida, lisiada moralmente, amedrentada por la violencia y el terror, invadida por la corrupción, adormecida por la retórica política, desencantada de quienes pierden tantas oportunidades en el ejercicio del poder en sus diversas formas, y necesitada de líderes transparentes, valientes y valiosos, dispuestos a devolverles credibilidad a los más altos cargos e instituciones públicas.

Esta son, entre otras muchas, las razones por las cuales los valores son una clara ventaja competitiva y por las cuales, también vale la pena practicarlos, comunicarlos, defenderlos por todos los medios, para que la sociedad se reconstruya sobre las bases más sólidas posibles. Esa es nuestra firme esperanza y es la razón de ser del Instituto Latinoamericano de Liderazgo que abre hoy oficialmente sus puertas bajo la batuta de su cofundador el profesor Regino Navarro Rivera, a las empresas e instituciones de Antioquia para ayudar a formar líderes y para contribuir a desarrollar e incrementar en ellas los valores.

La empresa está necesitada de valores operativos, prácticos, productivos, interiorizables y proyectables a nivel colectivo de modo que configuren una cultura corporativa que fortalezca la productividad y la competitividad paralelos al crecimiento de la gente. Las organizaciones son verdaderamente "inteligentes" en la medida en que enfocan el aprendizaje permanente de su talento humano al autoliderazgo, a la automotivación, a la autorresponsabilidad, a la autogestión.


El Instituto Latinoamericano de Liderazgo viene trabajando desde hace 10 años en la tarea de ayudar a las empresas a desarrollar los valores en forma efectiva, mediante un programa que abarca seis facetas principales:

  1. GERENCIA POR VALORES: para que los directivos comprendan y conozcan cómo puede dirigirse por valores como filosofía empresarial compatible con otras filosofías y sistemas que trabajan con variables más cambiantes, ya que aquella va al factor permanente de la organización, la persona. Muy relacionado con este programa e inseperable de él es el que denominamos PDG, Programa de Desarrollo Gerencial, que atiende al desarrollo de aspectos personales básicos de quien ejerce un cargo directivo.
  2. CONSTRUCCIÓN DE VALORES. o proceso de empoderamiento para trabajar por valores a través de líderes multiplicadores representativos de la organización que trabajan en el arraigo de los valores corporativos en el día a día de la empresa.
  3. DIAGNÓSTICO EN VALORES (DIAVA), una medición de valores por muestreo estadístico, diseñada con apoyo estadístico de la Universidad de los Andes, que permite una radiografía del estado práctico de la vivencia de valores y antivalores en la empresa con mira a desarraigar éstos y a fortalecer aquellos.
  4. SISTEMA DE ACOMPAÑAMIENTO, (coaching) personal y colectivo tanto para los constructores de valores como para quienes en la medición resulten con factores de riesgo o, al contrario, con fortalezas en valores que los lleven a ser multiplicadores de los mismos en la organización.
  5. APRENDIZAJE ORGANIZACIONAL DE VALORES, que es una forma de aplicar el aprendizaje propio de las organizaciones a los valores a través de las dimensiones personales del aprendizaje (aprender a ser, aprender a hacer, aprender a aprender, aprender a emprender y aprender a convivir) y de las dimensiones colectivas del aprendizaje (liderazgo, trabajo en equipo, visión compartida, modelos mentales, visión sistémica de la empresa, y comunicación eficaz).
  6. LIDERAZGO BASADO EN VALORES, que viene a ser como la culminación del proceso, dirigido tanto a los constructores de valores como a los directivos de la empresa, para que afiancen y den continuidad a los logros del proceso completo del Programa de Desarrollo de Valores.

Es importante destacar que para la realización de las diferentes fases del programa de Desarrollo de Valores estamos empleando herramientas virtuales que sirven no sólo de complemento la tarea presencial hecha con una metodología plenamente activa, sino que permiten ofrecer capacitación virtual, con diversos grados de interactividad que facilitan el acceso de los programas a muchas más personas y optimizan sus costos administrativos.

El Instituto Latinoamericano de Liderazgo es una red de aprendizaje organizacional -con sedes en Bogotá y Medellín- especializada en el Liderazgo directivo y en el Desarrollo de Valores en la organización, que cuenta con un grupo interdisciplinario de unos 50 consultores, profesores y asesores altamente capacitados que conforman un equipo interdisciplinario identificado en una misma filosofía y en unas metodologías que se han venido depurando con el paso del tiempo y la experiencia en empresas como Avianca, Federación de Cafeteros de Colombia, Almacafé, Banco Popular, Coca-Coca, Universidad de Antioquia, Alfa, Skandia, Escuela Colombiana de Ingeniería, Prosad de Puerto Rico, Ministerio de Educación de Panamá, Universidad Católica, Peldar, Icfes, Universidad de La Sabana, Fenalco, Cámara de Comercio de Bogotá, Policía Nacional del Perú, Escuela de Aviación Marco Fidel Suárez, Ministerio de Hacienda de Puerto Rico, Fundación Saldarriaga Concha, etc. Hemos realizado otras actividades en Ecuador, Costa Rica y México. Nacimos con vocación latinoamericana y la hemos venido desarrollando poco a poco.


Creemos en la fuerza de una cultura construida sobre valores y en la factibilidad de hacer que los valores sean parte del día a día, de los hábitos y actitudes de la gente para propiciar un clima de rendimiento satisfactorio, de relaciones interpersonales ricas, de comunicación eficaz. Todo ello no es tarea de la noche a la mañana sino fruto de una larga paciencia y de programas que hay que desarrollar a lo largo de meses o de uno o varios años. Para competir en el mundo de hoy -dentro de la economía globalizada- no basta con profesionales especializados, que manejan muy bien la tecnología y los procesos industriales, administrativos o financieros. Todas las corporaciones quieren, ante todo, gente honesta, leal, creativa y responsable. Y qué son éstos sino valores humanos de primer orden que, vividos por las personas con una buena formación profesional, llevan las empresas a altos niveles de productividad y de excelencia en el servicio.


"Gente con valores" no significa "buenas personas" sino personas muy buenas, que quieren ser las mejores en su tarea y hacer de sus empresa la mejor, la más competitiva, la de mejor clima de trabajo, la de más alta satisfacción por trabajar en ella, procurando ofrecerle el más alto rendimiento. La empresa que posea conocimiento en forma de know how ( "saber hacer"), diríamos más actualmente de el know to learn ("saber aprender") y que tenga la gente con más capacidad de práctica de valores, tendrá una ventaja competitiva indudable, porque contará con el mayor capital intelectual: humano (personal) y estructural (corporativo). Esa ventaja, en la medida en que las personas son lo más estable en una organización, y siempre que se satisfaga su necesidad de formación permanente, tiende a ser una ventaja perdurable, un sello de calidad indudable que, además, crea un clima, una tradición, algo que se traspasa de una generación a otra.


Los valores establecen la diferencia. Si miramos a los grandes líderes del mundo y de cada país, en todos los campos, famosos o desconocidos del gran público, y si les preguntamos a qué deben su éxito y sus logros en ayudar a otros a obtener sus objetivos, nos encontraremos con que atribuyen a los resultados de sus vidas, a ser fieles a unos principios y a dar primacía a ciertos valores. Así lo confirman las biografías, las encuestas y los libros que tratan de sintetizar el aporte de los líderes empresariales, por ejemplo. Para muestra, un botón: el libro "Hablan los líderes", que recoge entrevistas con 100 destacados líderes del mundo de los negocios. Todos ellos declaran que los valores son vitales, son la fuerza individual por excelencia, que señalan la diferencia entre el fracaso y la prosperidad.

Antioquia, tierra de líderes empresariales, cívicos y políticos. Antioquia tierra propicia al liderazgo de cara a la nación y a su propio tejido social. Antioquia transida de problemas que ponen en primer plano los valores éticos, como el caso del niño que hace unos días devolvió cinco millones a su dueño y que fue declarado ciudadano ilustre del departamento. ¿Qué nos dice todo eso?: Que este es un gran momento para que las empresas, instituciones, universidades, la familia, los grupos intermedios, los gobiernos de los diferentes órdenes se empeñen en fortalecer la cultura social con el ejercicio de valores indispensables en la tarea de reconstrucción del tejido social.


El libro que hoy lanzamos quiere ser un aporte y una metodología para conocer los valores, reflexionar sobre ellos y, sobre todo, interiorizarlos y vivirlos colectivamente. ¿No será esta vivencia una parte importante del camino para una auténtica y nueva Colombia?

 

(1) Juan Pablo II, Carta Encíclica Centessimus annus.


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